Era él. Estaba igual, como justo antes de su muerte, y me miraba sonriente , parado al otro lado de la calle, con ese gesto que me gustaba tanto de cuando me iba a recoger a la salida del colegio.
Lógicamente , me quedé perpleja , incapaz de entender qué sucedía, y no reparé en que la luz del semáforo se ponia en rojo de repente ni en que derrapaba en la curva un autobús y se iba contra mí incontrolado.
Fue tremendo.
Ya en el suelo, inmóvil y medio atragantada de sangre , volví mis ojos hacia él y comprendí.
Era, siempre lo había sido , lo más importante mara mí y me alegró ver que había venido a recogerme. Otra vez .
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